En la corte infernal

En la corte infernal

En cuanto acabó el luto de nueve días, retirada en el Alcázar de Toledo, la reina viuda María de Molina se hizo cargo de la tutoría del heredero, su hijo de nueve años Fernando IV.

Tuvo que ejercitarse a fondo para contrarrestar las aspiraciones de Juan de Castilla, que reclamaba el trono; Enrique de Castilla, que reclamaba la tutoría y los infantes de la Cerda, que aspiraban al trono también apoyados por Francia y Aragón.

El momento era frágil y vulnerable para Castilla. No ayudaba mucho el aspecto poco agraciado y enfermizo de su hijo, atribulado por vómitos de sangre continuos y un carácter amargado por la larga enfermedad.

No obstante, se volcó en la causa de su tutelado, hipotecando la propia fortuna y gastó ingentes cantidades de dinero para controlar Francia, Portugal y Aragón en la que Jaime el Hermoso, no sólo había colaborado en la matanza de los templarios, sino que además aspiraba ahora ladinamente a apropiarse de Castilla.

Mediante costosos sobornos y despliegue diplomático supo mantener a todos controlados.

El esfuerzo titánico de María Molina logró mantener a raya a todos los enemigos hasta llegar la mayoría de edad de Fernando, que a los dieciséis años asumió el trono de Castilla y se mostró muy poco agradecido con los esfuerzos de su madre, sospechando actos ocultos.

Fernando resultó ser muy suspicaz y mal pensado. Le hizo presentar a María de Molina las joyas familiares para comprobar si las había birlado. Le montó una escena desagradable poco menos que tirándole de los pelos y gritándole delante de todos, acusándola de despilfarradora de las arcas de la corona.

En la corte estaban muy asustados por el mal genio que se gastaba el nuevo rey y los más no se atrevían a contrariarle o defender opinión alguna que le pudiera molestar o considerar ofensiva.

A Samuel de Belorado que fuera en Zamora almojarife del príncipe le mandó matar porque le pareció que difundía enjundias sobre su enfermedad que sólo él estaba en condiciones de conocer.

De forma sibilina ordenaba matar a los que creía que le ofendían, que le hacían de menos, cuchicheaban o le parecía que tenían cara de traidor.

Eran épocas en las que morir era muy fácil y nadie sospechaba de los muertos, ni los que había en los palacios ni en los andurriales. Bastaba que cualquiera le mirara mal para sucumbir a una muerte implacable con espada o veneno.

Doña Urraca Gutiérrez de Meneses, que tanto había influido en su carácter de niño y a la que supo corresponder cuando fue rey, era la única que se atrevía a decirle:

-Tal vez os precipitasteis al juzgar mal a aquel que solo miraba al suelo por vergüenza…

-Vos sois buena Doña Urraca y vuestra bondad os impide conocer la maldad en el alma de las gentes, que para una mirada entrenada se descubre en la cara y en el tono de voz.

-Pero qué me decís del consejero que os cayó mal y sólo expuso un inconveniente a vuestra opinión. No se deducía por ello que se fuera a rebelar o a traicionar o haceros algún mal..

-Ja ja -se limitaba a añadir el rey Fernando- muerta la serpiente se acabó la mordedura.

De los tesoreros dudaba y hacía traer continuamente las cuentas, pensando que todos le escatimaban. A los jefes les cambiaba o les mandaba liquidar directamente, pensando que no le servían bien o le torcían la cara cuando se fijaban en el pañuelo manchado de sangre.

Veía enemigos por todas partes, en cualquier esquina, sentados en posturas sospechosas, o con gestos que denotaban una futura traición.

Siempre encontraba que alguno le miraba mal por doquier.

De forma sibilina y discreta encargaba el trabajillo de segar la vida al mal dispuesto de turno, al infalible espadachín de confianza que le servía en estos menesteres.

Ni siquiera estos recelos desaparecieron en sus gestas de reconquista. Primero se centraron en la toma de Gibraltar en el año del señor 1305 y aumentaron si cabe tras el fracaso de la conquista de Granada, en la que perecieron en “circunstancias sospechosas” algunos lugartenientes que le parecieron vendidos al oro almogávar.

No tiene nada de extraño que los hermanos Carvajal, tan nobles, leales y esmerados adalides, le pareciera que le consideraban de menos, ofendiendo a su regia persona.

Mandó a su espadachín de confianza Juan Alfonso de Benavides a que retara a los Carvajal y los liquidara en un duelo.

Los Carvajal era mejores hombres de armas de lo que imaginaba el rey Fernando y defendiéndose de los ataques de Benavides lo hirieron de muerte para disgusto del rey, que entró en cólera por la caída de su mano derecha que tantos enemigos le había quitado de encima. Les acusó directamente de asesinato desalmado y envió una tropa a capturarlos.

De nada sirvieron las explicaciones de los Carvajal de haber reaccionado de esa guisa por defender sus propias vidas. Los pusieron presos mientras compraban correajes nuevos en el mercado equino de Medina del Campo.

Encarcelados en el castillo de Martos en Jaén, se acercó el rey para ejecutar el castigo que se le antojó merecían y después de complacerse en torturarlos arrancándoles una mano, un pie y mandando producirles heridas horribles, les encerró en una jaula colgada de la parte alta del muro del castillo, donde se bamboleaban golpeándose contra las rejas como pajarillos desplumados.

Los Carvajal clamaban piedad y se declaraban inocentes de las acusaciones.

El rey, a pesar de su carácter agrio y ladino, en esta ocasión se sonreía y disfrutaba del espectáculo.

Ellos, con las pocas fuerzas que les quedaban gritaban su inocencia y decían que habían actuado en defensa propia. Que se apiadara de ellos y si no los liberaba sería juzgado por una corte infernal a causa de la injusticia que se estaba produciendo.

Ante esa amenaza el rey se carcajeaba de una forma tan escandalosa que se retorcía y parecía que se doblaba de risa sin parar, al punto que algunos nobles temieron por su salud, librándose muy bien de que la preocupación no apareciera en sus caras ,no fuera a ser tomada por disensión.

-¡¡En el plazo de un mes se producirá la postrimería de tu vida y tendrás vómitos de sangre sin parar!!

El rey no podía dejar de carcajearse y entre retorcijones de risa mandó tirar al vacío la jaula. Sometió a los Carvajal a un final terrible, proporcionando una imagen desgarradora y patibularia de los cadáveres.

Desde ese día el rey tuvo un empeoramiento de su enfermedad y no paró de escupir sangre cada día.

Se creó la leyenda entre las gentes humildes de que en el lugar del muro se levantaría una cruz blanca que sólo los puros de corazón podrían ver.

En cuanto se enteró Fernando de esas habladurías del populacho mandó a los mejores capitanes a Jaén para encontrar las tales cruces blancas, retirarlas y matar a quien se opusiera. No hubo manera de encontrarlas por ningún lugar.

No contento con estas noticias y desconfiando de la eficacia de sus propios jefes, fue a visitar el lugar para cerciorarse con sus propios ojos de la ausencia de cruces blancas.

Encontró unos pastorcillos que no le reconocieron y a los que preguntó:

-¿Habéis visto por aquí alguna cruz blanca? – inquirió sin identificarse.

-Si, claro, allí arriba del muro hay una -le contestaron señalando los dos con el índice.

Fernando no podía verla, aunque ellos se lo aseguraban.

El 7 de septiembre de 1312, exactamente treinta días después de la ejecución de los hermanos Carvajal, el rey Fernando IV, después de comer y beber copiosamente1 se fue a hacer una siesta y falleció víctima de un vómito de sangre.

Desde entonces, al verse cumplida la maldición, lo llamaron con el sobrenombre del “El emplazado” a la corte infernal, para escarnio de su figura en la historia y venganza de las almas muertas sin reposo ni paz cristiana.

Leonor y Alfonso eran todavía hijos pequeños y la abuela  María de Molina, que siempre había ayudado a Fernando a pesar de sí mismo, volvió a proteger a Alfonso XI como futuro rey que sería y que muriera conquistando Cádiz, por la causa poco noble de la Peste Negra.


COMENTARIOS

#suspicacia #delirios #venganza

Para esta narración de un fragmento histórico verídico, la cuentista considera importante contextualizar primero la época en la que se desarrolla la historia. Pregunta a los participantes sobre algunas características de la misma. Cómo se vivía respecto a ahora, evocación que se logra elaborando conocimientos que tienen los presentes. Se comentan curiosidades sobre el siglo XIII, inventos, personajes célebres, cómo era España entonces y algunos acontecimientos relevantes del momento.

La narración se apoya en los personajes principales que son representados por alumnas de prácticas coterapeutas en la actividad así como participantes del taller, que interpretan algunas escenas claves para transmitir ideas, de protección de la madre al hijo, desconfianza y recelo del hijo respecto a ella y todos los demás, situaciones inocentes que son malinterpretadas por el rey, nobleza de espíritu y lealtad vs crueldad extrema y desconfianza. Los delirios de persecución de Fernando, por ser Rey, se traducen en conductas vengativas extremas.


NOTAS TÉCNICAS

Se proyecta la imagen de una escena de la época: María de Molina presenta a su hijo FernandoIV en las Cortes de Valladolid de 1295. Óleo sobre lienzo de Antonio Gisbert Pérez),

Los actores portan objetos de ambientación: coronas, cofre de monedas.

1 El narrador solicita ayuda para ‘explicar’ el concepto: “de atiborrarse”. “de amodorrarse”… sugieren algunos.


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