Salto de Poveda programa Montaña
Partimos en furgoneta de la Cruz Roja 13 excursionistas: al llegar a Daroca algunos usuarios rememoraron épocas pasadas en la prisión, recordando a conocidos y sensaciones de escuchar las grullas desde dentro y desde fuera (el sonido es distinto según en qué situación uno se encuentra). Paramos a tomar un café y aliviar la vejiga y un cigarrillo contemplando las murallas y escuchando anécdotas de Daroca (el túnel que hubo que hacer para que el agua del valle encajonado en el que se encuentra el pueglo no inundara las casas). Los funcionarios de prisión viven ahora tan ricamente en los sitios más peligrosos de antaño.
Recorrimos la misma carretera que el conductor había construido en tiempos mozos con los dinamiteros y llegamos a los Altos del Tajo. Aparcamos cerca de la fuente de las casetas, donde miramos la catarata de la presa y dejamos a los más traspuestos y nos dirigimos al camino circular que parte de un puentecito de madera, bordea la laguna de Taravilla y cuando nos acercábamos al final para vadear el tajo, nos acobardamos y decidimos volver sobre los pasos por temor a la corriente de agua. El miedo es mal consejero: la vuelta representó cinco kilómetros extra y agujetas al día siguiente y juramento de no fiarse nunca mas de los guías.
Despues de recuperar fuerzas en la cabaña con abundante menú campestre, nos dirigimos a visitar Orihuela del Tremedal, y luego el nacimiento del Jiloca en Cella
Una vez alojados y cenados en el Hotel Isabel de Segura, nos fuimos a visitar algunos garitos nocturnos recomendados en busca de billares, futbolines, y algo de baile.
Al día siguiente tomamos refrigerio en la Plaza del Torico de Teruel, visitamos la Catedral, el Mausoleo de los Amantes y el Museo Provincial donde algunos rememoraron recuerdos de labranza, utensilios de pueblo, juegos de taba y se asombraron de tiempos antiguos.
Por la tarde, después de coger fuerzas a través de aporte culinario contundente, visitamos la ribera del Turia, desde el puente de madera al puentecillo de hierro.
Después de cenar campeonatos de billar, futbolín, granizados exóticos y visita a bar rokero.
El día siguiente nos acercamos a los pinares de Rodeno, cogemos a senda partiendo de las cuevas con pinturas rupestres y hacemos el recorrido por el hondo del valle hasta Abarracín.
Comemos en un asador de las afueras y luego hacemos una visita guiada al pueblo, donde nos enseñan las puertas claveteadas con aldabas de lagarto, la arquitectura de pirámide inversa truncada, las explicaciones sobre el color rojizo de los encalados, la casa museo, con sus muebles esculpidos con figuras decorativas.
Cansados de tanto trajín, pero satisfechos por el halago a la vista, los sentidos y el sano ejercicio, nos volvemos a Zaragoza de un tirón.










